domingo, 27 de agosto de 2017

El paso


             

            Durante el otoño terminé de certificar mi estirón y en uno de esos corrillos que formaba con los amigos del patio me di cuenta que mi talla me confirmaba como un nuevo miembro en el mundo de los altos. Para los tímidos destacar, aunque sea en atributos, puede convertirse en un tormento, máxime cuando aquello que mi madre tanto me repetía, como extensión de su orgullo, se transformaba de repente, y lo de ser bueno se veía aparcado por el nuevo título de estar bueno. Porque estar bueno en la adolescencia supone una carga añadida a los introvertidos. Mi habitual distancia y parquedad verbal con los extraños o ante cualquier chica, aún conocido su árbol genealógico desde la infancia, ahora me tachaba de engreído. Ya no sabía interpretar las miradas ni los apartes ante mi paso. Además, surgieron aires violentos de la nada por chicas que ni siquiera conocía de chicos que se postulaban para novios y me consideraban una amenaza por algún chascarrillo o corazón de tiza sin fundamento. Ya no podía ser bueno por estarlo y para colmo, al final de curso, aquella palmada de mi padre en la espalda venía con una intención distinta a la habitual por mis buenas calificaciones. Una orden que echaba por tierra mis planes para el verano.
—Hijo, ya tienes la presencia necesaria para ayudarme en el quiosco— dijo tras el achuchón.
La primera vez que recuerdo a mi padre en su puesto de trabajo fue un día de esos que llaman de médicos y te saltas las clases. Regresaba por la rambla agarrado de la mano de mi madre, con el brazo todavía algo dolorido por la vacuna, y nos acercamos por un encargo de una vecina —un número atrasado de una colección de ganchillo que mi padre nunca terminaba de traer—. Y allí estaba él, en su quiosco, como un centinela en el ojal de su búnker atrincherado entre periódicos, libros y revistas. Una cara tras una gafas de media luna con un ojo en un pasatiempo y el otro al acecho de los descuideros que remoloneaban entre los turistas. A pesar de que me encantaba leer me parecía su trabajo frustrante, sobre todo porque la mayor parte de las lecturas de mi interés venían precintadas sin posibilidad alguna de hojearlas. Así que cuando escuché la noticia de mi incorporación al negocio no pude menos que recurrir a la intermediación de mi madre. Conseguí julio y la primera semana de agosto, pero el resto del mes saldríamos de casa juntos a jornada completa a pesar de mi apego a las sábanas del amanecer.
Él me indicó su rutina y yo intenté no enfadarle con mis sugerencias sobre la colocación de las novedades y la relegación de aquellos artículos que ya amarilleaban de tanto bronceado. Y así transcurrió la primera semana, viendo pasar gente, reconociendo a los clientes habituales, escuchando la misma presentación orgullosa que mi padre hacía de mí a sus conocidos, consiguiendo que mi bochorno se confundiera con la cangrejera piel de los numerosos guiris que curioseaban aquella zona de la ciudad.
Estoy en mi segundo fin de semana en el búnker. Me encantaría disponer de una MG de bolas de pintura para tintar a un pilluelo que se ha encaprichado de un comic y ya lleva varias mañanas rondando la ocasión. La imaginación se dispara cuando el sol aprieta y el flujo de clientes disminuye. En frente, con el paseo de por medio, se encuentra el quiosco de la Mireia. Una veterana como mi padre que vende flores frescas y de la que estoy seguro que hace mucho tiempo que no distingue el aroma de su vergel a causa de la costumbre de convivir. La supongo como a los forenses o a los basureros ante el olor penetrante de los restos que manejan a diario. Inmunes a la podredumbre. Me he fijado que hoy la Mireia tiene compañía. Sé que es una chica por las pulseras y las delicadas manos que le van alargando macetas y floreros desde el interior. Yo voy apelmazando los diarios en primera línea y los culmino con el correspondiente pisapapeles, pero no deja de intrigarme la nueva presencia en el paisaje y me distraigo con vistazos a esas muñecas ajeno a los avisos de mi padre. Y cuando por fin mi curiosidad se ha dado por vencida, entretenido en recoger las virutas que el cúter escupe de cada tirante sesgado, escucho a mi padre iniciar su bochornosa presentación alardeando de lo buen mozo que soy. Sé que mis mejillas arden más que de costumbre, pero es mi lengua la que me sorprende balbuceando como un niño que no encuentra palabras y eso que tan solo debo decir mi nombre, pero no esperaba encontrarme con ella frente a mí, ni siquiera sabía cómo debía ser o si existía, pero es que en décimas de segundo la he reconocido como a quien deseaba conocer sin saber que la buscaba. Lo cierto es que no sé qué acaba de ocurrir. ¿Su sobrina ha dicho? Sé que vuelven hacia su mostrador y que mi padre se está riendo, pero también sé que una especie de novedoso coraje trepa por mis entrañas.
Me he refugiado dentro del búnker y me he inventado una farsa de inventario, para que mi padre asuma mi reclusión como interesante, pero en realidad estoy maquinando cómo afrontar convertirme en poco tiempo en un osado conquistador.
Había escuchado algo de los primeros síntomas. Suspiros, pérdida de apetito. Veo pretendientes por todas partes.
Ya es media tarde y he decidido no pensar. Tengo una frase preparada: «Mireia, le compro el negocio por hoy porque tengo la necesidad de acertar». Luego, según sus expresiones, derivaré hacia la prudencia o hacia el arrojo, como que no quiero comenzar errando con las flores si las adquiero todas.
Doy el paso. Salgo decidido a atravesar la rambla mientras escucho un clamor, como un rugido interno, como con los goles del Barça, pero es un motor, una furgoneta.

domingo, 6 de agosto de 2017

Revolcón

         La conocí un verano siendo un crío. Decían de ella que estaba gruesa. Poco me importó el aviso. Nunca me importaron las apariencias. La entré sin miramientos, a plena luz del día, me ahorré las presentaciones y me tiré de cabeza a por ella. En el primer contacto me trató con calma y me envalentoné, ahora comprendo su envite. No tardó en darme el primer revolcón a pesar de mi alerta y encadenó unos cuantos más hasta que se cansó de mi insignificancia. Cuando me rehíce de la humillación, me alejé de su alcance y me juré despreciarla. Me dije que no merecía la pena, que ya encontraría algo mejor.

El verano siguiente y todos los que le siguieron hasta hoy los pasé de pueblo en pueblo. Y aunque remonté sus ríos hasta dar con las pozas más profundas, jamás pude olvidar aquel revolcón en el mar.

domingo, 2 de julio de 2017

Banderas


De joven me tragué el orgullo y me empaché de humildad. Ahora llevo una dieta en la que aderezo la vanidad con una pizca de fingida modestia. Voy de la mano de quien me acepta y ofrece la suya. Carne o pescado según temporada. Nunca le puse sexo al afecto. Habría aceptado matrimoniarme con un ángel si el amor nos fundiera. Me gusta sentirme querido, arropado, respetado, pero lo explícito o la efervescencia en público se la dejo a los adolescentes que, por escaso presupuesto y sumidos en la febrícula propia del despertar de la pasión, merecen ocupar las calles donde devorarse a besos. Cierto es que la mayoría de las veces regresarán urgentes al portal que los despide con un abultado o húmedo aplazamiento entre las piernas, antes del toque de queda. Agitarán la bandera blanca ante la cena fría y la mirada severa de quien la cocinó. Monosílabos responderán al interrogatorio. Al filo del castigo, quizá la manecilla se adelante media hora al día siguiente. Dará igual. Conversarán menos; se besarán más. Puede que algunos botones salten con las prisas...
 ¡Qué tiempos! Recuerdo cuando yo ondeé la multicolor por primera vez después de aquellas níveas de rendición. En todas pedí lo mismo: comprensión, pero cuando agité la del arcoíris encontré un gesto y una advertencia inesperadas: el dedo corazón de mi padre golpeando la esfera en su muñeca y el compromiso de mantener el mismo nivel académico. Aquella noche dormí con la misma manta y sábana de siempre, pero más arropado que nunca.








lunes, 24 de abril de 2017

Lucas

           
 Después del accidente encontré en la literatura una nueva forma de vivir. Las novelas se convirtieron en mi mundo, mi refugio y formaron un universo al que ningún medio de locomoción conocido hubiera podido llevarme jamás. Y de existir tal artefacto, que me trasladara de los tiempos de Dumas a los imaginados por Asimov, exigiría una cabina de un solo asiento.
Cuando me recuperé de gran parte de las secuelas, mis primeras perlas de felicidad surgieron en la soledad de las lecturas. Y compartir el aire o espacio incluso en la más severa y desolada de las bibliotecas me afectó el ánimo hasta el punto de bloquearme en ese párrafo que siempre se atraviesa en todo libro cuando el entorno distrae. Como consecuencia de esta reciente obsesión por encontrar los lugares más inverosímiles donde nadie me interrumpiera, alarmé a mi familia y decidieron intervenir.
             A causa de mi todavía temprana edad y de compartir techo con mis padres, por consejo médico, según me recordaban a pesar de mi estupenda salud, que apenas se veía afectada por algunos mocos invernales, me obligaron a pasear los fines de semana. Me sacaron de mis rincones y me llevaron del brazo, mientras me recordaban el aporte vitamínico del sol y las virtudes del aire libre. Matraca que evitaba replicar, porque sabía que surgía desde el cariño, pero es que ante el grueso abrigo con que me vestían y que caminábamos por un parque rodeado de circunvalaciones me costaba reprimir la protesta que masticaba sin poder tragar, ansiosa por volver a sumergirme en los textos aplazados.
            Mis compañeras del nuevo colegio trataban de complacerme con propuestas que por el tono sonaban ilusionantes, pero que rechazaba de plano casi sin dejarlas terminar. Siempre encontraba una excusa perfecta y jamás la repetía. Quizá esa fuera mi mejor virtud, la improvisación, la retórica culebrera con la que escapa de los compromisos sin sonar a excusa y que evitaba el hartazgo de ellas, pues reconozco que, en el fondo, necesitaba sentirme parte de los planes de los demás. Pero es que por nada ni por nadie cambiaba el momento en que, terminadas las obligaciones, podía por fin sumergirme en la lectura. Ese instante placentero lo comparaba con el del frío pegado al pijama y el sueño repicando, cuando de muy niña me introducía y ovillaba en la cama del pueblo abrazada por el peso de las mantas. Por esa razón, cuando mis padres me presentaron a Lucas, mi acompañante de entre semana para los paseos por el dichoso parque, me sentí castigada y supe entonces que sólo robándole horas al sueño conseguiría tiempo para las novelas.
Al principio el trato con Lucas fue complicado. Nunca demandé su compañía ni la de cualquiera y sin embargo allí aparecía puntual cada tarde dispuesto a compartir camino. Me sentí como esas damas del XVIII sujetas a una relación concertada, por lo que traté desde el primer día demostrarle mi fastidio, forzarle a odiarme y convencer a mis padres de lo nefasto de su propuesta.
Y ocurrió lo que siempre sucede cuando una no descansa lo suficiente. Cuando llegó el viernes tropecé de tanto cansancio acumulado y me lastimé las muñecas. Escayolada hasta los codos, el lunes cuchichearon mi nuevo apodo: La Playmobil. Pero las lágrimas que derramé llegaron por la noche y no por la burla, sino cuando comprendí el verdadero alcance de aquella incapacidad temporal.
Por primera vez en cinco años no pude leer una sola línea y maldije mordiendo las sábanas a mis padres, a Lucas y a la virgen de la perpetua oscuridad.
Cuando por fin me dieron el alta reanudé los paseos con Lucas. Durante los veinte días de postración asumí que debía aceptar su compañía y respetar las horas de sueño para evitarme otro infortunio. Así que decidí convertir el parque en mi nuevo rincón, aprender a abstraerme, a dejar que los trinos, que las risas de los chiquillos, la hojarasca, el regadío, la brisa, la gravilla, una a una o en su conjunto decoraran mi imaginación dispersa entre capítulos. Mientras tanto, el bueno de Lucas se mantenía a mi vera, impasible, salvo cuando barruntaba con su excelente olfato de alsaciano alguna hembra en celo y gemía como único atisbo de indisciplina. Entonces, le resbalaba una caricia por la cerviz al tiempo que mis acostumbrados dedos lectores descifraban su angustia, su debate, siempre fiel a su cometido de velar mis pasos. Entonces, le soltaba la correa y sonreía como si tripulara junto a él el artefacto que surca el universo de las letras.


sábado, 11 de marzo de 2017

Todos

            Calle Corintios 13, sede del colectivo LGTBI.
El buen tiempo me ha animado y aprieto con fuerza el timbre del portero automático. Mi marido y yo pertenecemos a la nueva generación de mendigos jubilados. Esa élite de desahuciados que a pesar de nuestras bien graduadas gafas y de haber estudiado lo justo fuimos incapaces de entender lo injusto en la letra pequeña de la hipoteca. Que además pariéramos a un hijo al que todo le dimos y que con un aval terminara por arruinarnos supongo que sirvió para que la unión con mi marido se fortaleciera y la represente esa mano de la que vamos juntos a todas partes.
         —Somos Fernando y Miranda, venimos por lo de la junta —anuncio al interfono, señalando lo subrayado en un diario de la semana anterior.
         Tras unos segundos de dudas, la puerta cede al empuje y abre el paso a unas escaleras de madera que ascienden hasta perder el lustre en la oscuridad del primer rellano. Ni rastro de ascensor ni hueco que lo pudiera albergar.
         —Son pruebas a superar, Fernando. Sólo obstáculos. Quien algo quiere, algo le cuesta.
         Fernando resopla ante lo que para su cadera supone el Annapurna.
         Judith, una veinteañera menuda, rapada al estilo orgullo del más chusquero sargento, nos espera en el umbral. Ha escuchado el leve ascenso, la lenta cadencia de nuestros pasos; resuellos. «Ancianos», ha mencionado al interior, creyendo que no la he oído. Acto seguido se presenta. El destinatario de la confidencia es Nacho, el famélico secretario del colectivo, absorto tras un mostrador en ultimar el papeleo para la elección de la nueva junta directiva y quien nos ha dedicado una sonrisa fugaz antes de volver a la tarea. Judith comprende que nos falta el aire, así que nos invita a sentarnos y sin tiempo para preguntas sobre la razón de nuestra visita, el telefonillo la reclama de forma encadenada. A los pocos segundos comienza a entrar toda una troupe, bulliciosa, que parece vivir con el ánimo de un viernes perpetuo.
No recuerdo tanta diversidad y algarabía desde mi primer carnaval. ¡Qué alegría ver tanto beso y complicidad entre los congregados! Todos van pasando a una gran sala y se van acomodando entre cojines, suelo, sillas y paredes, mirando hacia la mesa que al fondo preside la estancia. Fernando y yo nos hemos apretado la mano más fuerte. Las multitudes nos retraen por miedo a ser arrollados y, con el follón, Judith se ha olvidado de nosotros. Comprendo en este instante que nuestra oportunidad de ser atendidos mejora y aprovecho, ahora que las conversaciones de los recién llegados han modulado hacia el murmullo y cierta quietud se consolida en las filas, para achuchar a Fernando y buscar un hueco en la sala, por supuesto, con las sillas a cuestas.
Entiendo la cara de extrañeza de los asistentes. Una vieja pidiendo excusas, pero abriéndose paso con la mano firme a modo de rompehielos, seguido de un achacoso con una silla en cada mano. 
Acabamos en primera fila bien juntitos y escuchamos con atención la orden del día. El preámbulo es impecable, integrador, y los postulados confirman que encajamos en el colectivo. Busco en la disertación el momento adecuado para intervenir, pero es Fernando quien me atreve, pues suelta mi mano, se pone en pie y me anuncia. Tomo la palabra.
—Buenos días. Somos Fernando y Miranda —digo con la voz llena de dudas, pero el silencio creado me anima a continuar—. Vivimos de la caridad, pero para nada en pena. Excluidos por edad y por deudas, cada día desde que perdimos nuestro techo evaluamos cuál es nuestro sitio en el epílogo de la vida. Cuando leímos en la prensa la convocatoria por la renovación de la junta directiva despertasteis nuestro interés e iniciamos un debate versado en dos mejoras: las siglas y nuestra ausencia. Aspectos que resumiré en un único punto y con muy pocos matices para no extenderme demasiado.
 Hago una pausa y dudo si seguir de pie. Fernando me anima a continuar. Siento que la audiencia me compadece, pero respeta mi intervención. Prosigo.
Como quiera que cada año surge la cuestión sobre alguien de la comunidad que no se siente representado, lo que obliga a añadir una nueva letra inicial del adjetivo que mejor le define, Fernando y yo, el otro día, apurando las sopas del comedor social, vaticinamos que a este paso, en dos décadas más o menos, entre los clones, los humanoides, los robots o los animalistas, por poner unos ejemplos locos, no quedaría letra del alfabeto sin encontrar cobijo en la sombra del arcoíris. Por esta absurda pero palmaria razón, hemos creído conveniente comenzar por cambiar el nombre del colectivo, alejarnos de las siglas y emplear uno que represente sin excepción a quienes aquí estamos y a quienes no tardarán en llamar a esta puerta por algún motivo de exclusión, como el que hoy nos ha llevado a presentarnos ante esta junta: queremos dar voz a los seniles. Y como contribución inicial proponemos llamarnos a partir de ahora «Todos». Todos jamás dejaría fuera a nadie. Lleváis toda la vida etiquetados, no hagáis marca de vuestra diferencia sino diluiros entre los demás. Sólo desde la igualdad, desde el tú a tú, sin jerarquías, se logra la ansiada normalidad.
El asombro inicial deja al portavoz de la mesa enmudecido, pero como todas las miradas convergen en la suya parece animarse a opinar. Sin embargo, Fernando vuelve a ponerse de pie, se agarra a mi mano y me releva evitando que nadie intervenga con esa mirada suya tan profunda, y que tanto me enamoró, con la que barre a la audiencia y apaga cualquier conato de chascarrillo.
—Puestos a renovarnos convendría cambiar de lugar la sede. Ignoro el precio de alquiler o si acaso nos la subvencionan, pero para los seniles es todo un castigo tanta escalera. Gracias.
—Voto a favor —digo alzando la mano, que, de inmediato, busca la de mi Fernando. Siempre cálida, acogedora y hoy, presiento, algo victoriosa.