miércoles, 13 de diciembre de 2017

El estreno

            —Arre Lucero, arre, que ya se barruntan las luces tras la colina. Vamos, Lucerito, que en el aire ya ventean los acordes de la orquesta. Seguro que mi Maite ya ronda por la plaza, seguro que ya me busca entre la gente.
            Lucero orienta una de sus orejas hacia el joven jinete y como buen burro simula acelerar el trote con un leve brinco que en nada aumenta el ritmo.
La luna tiñe de grises senda, matorral y montura, y de plata las cimas, de plomo la ropa de los domingos del apresurado zagal, de nácar el algodonado lomo del borrico y de negras fauces las lindes del bosque.
—Vamos Lucero, que el Casimiro seguro que espera al pasodoble para arrimarse a mi Maite. Tarde salimos y pronto debemos regresar, mucho antes de que toquen a misa, antes de que el abuelo nos eche en falta.
Hace una hora que el viejo quedó en cama y hasta que no comenzaron los ronquidos, el prófugo cuatrero simuló dormir con un pijama que no era otro que sus mejores galas ocultas bajo las mantas. Cuando la apnea se hizo notar, el enamorado pinzó los zapatos tras el orinal y descalzo llegó a la cuadra. Cabezada para el borrico, cautela con las bisagras; renunció a cabalgar hasta que perdió de vista la negra ventana donde una luz hubiera supuesto el principio del fin de su primera fuga como amante.
—Venga Lucerito, ese roble nos servirá. Ahí te amarraré hasta mi regreso. Descansa que tendremos que volver ligeros. Aún resta algo de pasto y las yeguas del tío Emilio por aquí rondan al paso lento de sus cepos. Quizá te animen la espera con su compañía. Siento dejarte solo, pero ya sabes que el Casimiro es obstinado y se ha emperrado con mi Maite. La nueva reina entre las mozas de la sierra, así la nombraba por la escuela. ¡Ay, mi Maite!
Hasta la llegada de la última primavera, siempre había sido la espigada y flaca amiga del pasmado, como acostumbraban a llamar a Ginés, el huérfano de Torremustia, el mozo que vivía con su abuelo y que adoraba el cobijo de las sombras y los rincones del patio para devorar novelas. No tardó en despertar la curiosidad de Maite, otra enamorada de las letras, y desde la campana de la entrada en la escuela hasta la despedida en el cruce que separaba el camino hacia sus aldeas, pasaban la jornada juntos. Una relación sincera de amistad hasta que la naturaleza le puso las curvas de una guitarra a la joven Maite y su figura comenzó a ser leyenda entre varones y tertulia de alcahuetas.
Feriantes, tumulto, luces y ruidos. Música de fondo, polvo de transeúntes como niebla baja y paso lento de procesión, zigzagueante, necesario para llegar sin empellones hasta la plaza. Allí bailaban parejas al son de La morena de mi copla. Ni rastro de Maite pero sí de las fornidas espaldas del Casimiro y, en su cintura, un brazo de mujer ciñendo la antesala de las nalgas moviéndose al compás del pasodoble. Ginés sintió un ardor parecido como cuando probó a hurtadillas el orujo con el que finalizaba las comidas el abuelo. Creyó que sus fosas ahora se asemejaban más al hocico de Lucero barruntando celos, y con alevosa determinación ignoró las consecuencias de abalanzarse hacia su rival con los puños cerrados.
Los bailes de salón tienen sus pasos y entre ellos, los giros. En el último, la espalda de Casimiro se retiró como un telón cuando Ginés ya apretaba los dientes antes de propinar el golpe, y en el brusco movimiento surgió Isabel, la moza recurso del grandullón en el circuito de fiestas patronales de cada verano. La cara del airado debió ser sencilla de interpretar incluso para un bruto como Casimiro, quien, sin esperar a que acabara el siguiente acorde, con los modales de un mulo, abandonó a su pareja de baile para agarrar del brazo a Ginés y llevárselo en volandas hacia lo oscuro. Lugar inmediato, a cuatro pasos de casi todas las plazas de los pueblos.
Ginés imaginó su ropa de los domingos hecha girones y la nariz apuntando para siempre al lado contrario del primer puñetazo, pero lo peor para él, aún cuando el dolor hubiera remitido, sería la decepción de su abuelo por el engaño y la quiebra con la que quedaría marcada la relación, tras la palabra que Ginés dio cuando el anciano le adoptó impelido por el desamparo en que quedó el nieto. Prometo no avergonzarte, abuelo, juró, cuando su pariente adujo que ya no tenía edad para perseguir ni vigilar mozos, sino la propia de quien precisa más cuidados de los que pudiera generar. Sólo tengo un techo, pan y firma, concluyó.
Cuando Casimiro le soltó el brazo, Ginés, sintió como si el agarre persistiera y siguiera llevando un brazalete, pero esa mano ahora le había cogido del cuello y no como esperaba, para ahogarle, sino para dirigirle la atención hacia un coche allí estacionado.
—Golf GTI, descapotable, 16 válvulas. De Quique, el madrileño rubiales de los chalets de la colina —detalló Casimiro.
Ginés torció boca y ceño. Conocía al guaperas y quizá vendiera su coche. Se imaginó yendo a buscar a la Maite montado en él, pero rápido salió de la ensoñación extrañado por las razones de esa descripción de Casimiro y la ausencia de los mamporros que esperaba. El bruto asumió que su paisano no había terminado de entender.
—Mira, pasmado, el vaho de los cristales en un descapotable requiere de mucha, mucha… ¿cómo se dice?
—Transpiración…
—Eso, transloquesea. Así que a la del Quique hay que sumar al menos otra.
Ginés no tuvo que arrimarse mucho a la ventanilla para descubrir la identidad de la moza.
—Es lo que hay, pasmado. En los inviernos las cortejamos, las suspiramos, para que luego lleguen los veraneantes y nos las chuleen.
Ginés continuó por las sombras, dejando atrás bullicio y fracaso, hasta que la vista se acostumbró a la oscuridad y a la distorsión de las lágrimas. Tras hacer un alto para enjuagarse la decepción, se encaminó hacia el roble donde le esperaba Lucero. Durante hora y media el borrico sería su confidente y lomo de las lamentaciones, el tiempo necesario para llegar a casa, desbridarlo y acostarse en una cama donde pasaría el resto de la madrugada buscando una respuesta imposible a su desolación.
Pero la noche también lo es para las bestias y en sus planes ante la llamada de los instintos no cuentan los horarios de sus amos. Un burro lo es por la clasificación entre equinos, pero también por una terquedad intrínseca fuera de lo común. Lucero seguía amarrado al árbol, pero también encaramado a los cuartos traseros de una yegua en celo de talla árabe a la que no alcanzaba a satisfacer a pesar de la docilidad de la hembra y los esfuerzos denodados del borrico por ganar la altura suficiente. A los rebuznos lastimeros de Lucero por encontrarse tan cerca y tan lejos se unían los chasquidos de las dentelladas por agarrarse a un aire que le aupara hasta el objetivo, mientras su descomunal ariete giraba ciego en círculos por si el azar le llevara a culminar a todas luces un imposible. Ginés quiso calmarlo, pero de inmediato supo que amanecería y su taxi seguiría allí empalmado hasta que a la yegua le diera por llevarse su aroma a otros pastos.
—Vamos Lucero. No desesperes. Ahora te acerco a esa loma y te arrimo a tu pretendienta.  Que al menos en esta fuga alguno regrese más contento de lo que partimos, y vamos pensando por el camino de vuelta qué nombre le pondremos a la mula o al mulo que seguro nace de tanta pasión, y así me olvido de mis penas preguntándome cómo salí de casa a hurtadillas soñando con amar a la Maite y regreso estrenándome como mamporrero.


domingo, 27 de agosto de 2017

El paso


             

            Durante el otoño terminé de certificar mi estirón y en uno de esos corrillos que formaba con los amigos del patio me di cuenta que mi talla me confirmaba como un nuevo miembro en el mundo de los altos. Para los tímidos destacar, aunque sea en atributos, puede convertirse en un tormento, máxime cuando aquello que mi madre tanto me repetía, como extensión de su orgullo, se transformaba de repente, y lo de ser bueno se veía aparcado por el nuevo título de estar bueno. Porque estar bueno en la adolescencia supone una carga añadida a los introvertidos. Mi habitual distancia y parquedad verbal con los extraños o ante cualquier chica, aún conocido su árbol genealógico desde la infancia, ahora me tachaba de engreído. Ya no sabía interpretar las miradas ni los apartes ante mi paso. Además, surgieron aires violentos de la nada por chicas que ni siquiera conocía de chicos que se postulaban para novios y me consideraban una amenaza por algún chascarrillo o corazón de tiza sin fundamento. Ya no podía ser bueno por estarlo y para colmo, al final de curso, aquella palmada de mi padre en la espalda venía con una intención distinta a la habitual por mis buenas calificaciones. Una orden que echaba por tierra mis planes para el verano.
—Hijo, ya tienes la presencia necesaria para ayudarme en el quiosco— dijo tras el achuchón.
La primera vez que recuerdo a mi padre en su puesto de trabajo fue un día de esos que llaman de médicos y te saltas las clases. Regresaba por la rambla agarrado de la mano de mi madre, con el brazo todavía algo dolorido por la vacuna, y nos acercamos por un encargo de una vecina —un número atrasado de una colección de ganchillo que mi padre nunca terminaba de traer—. Y allí estaba él, en su quiosco, como un centinela en el ojal de su búnker atrincherado entre periódicos, libros y revistas. Una cara tras una gafas de media luna con un ojo en un pasatiempo y el otro al acecho de los descuideros que remoloneaban entre los turistas. A pesar de que me encantaba leer me parecía su trabajo frustrante, sobre todo porque la mayor parte de las lecturas de mi interés venían precintadas sin posibilidad alguna de hojearlas. Así que cuando escuché la noticia de mi incorporación al negocio no pude menos que recurrir a la intermediación de mi madre. Conseguí julio y la primera semana de agosto, pero el resto del mes saldríamos de casa juntos a jornada completa a pesar de mi apego a las sábanas del amanecer.
Él me indicó su rutina y yo intenté no enfadarle con mis sugerencias sobre la colocación de las novedades y la relegación de aquellos artículos que ya amarilleaban de tanto bronceado. Y así transcurrió la primera semana, viendo pasar gente, reconociendo a los clientes habituales, escuchando la misma presentación orgullosa que mi padre hacía de mí a sus conocidos, consiguiendo que mi bochorno se confundiera con la cangrejera piel de los numerosos guiris que curioseaban aquella zona de la ciudad.
Estoy en mi segundo fin de semana en el búnker. Me encantaría disponer de una MG de bolas de pintura para tintar a un pilluelo que se ha encaprichado de un comic y ya lleva varias mañanas rondando la ocasión. La imaginación se dispara cuando el sol aprieta y el flujo de clientes disminuye. En frente, con el paseo de por medio, se encuentra el quiosco de la Mireia. Una veterana como mi padre que vende flores frescas y de la que estoy seguro que hace mucho tiempo que no distingue el aroma de su vergel a causa de la costumbre de convivir. La supongo como a los forenses o a los basureros ante el olor penetrante de los restos que manejan a diario. Inmunes a la podredumbre. Me he fijado que hoy la Mireia tiene compañía. Sé que es una chica por las pulseras y las delicadas manos que le van alargando macetas y floreros desde el interior. Yo voy apelmazando los diarios en primera línea y los culmino con el correspondiente pisapapeles, pero no deja de intrigarme la nueva presencia en el paisaje y me distraigo con vistazos a esas muñecas ajeno a los avisos de mi padre. Y cuando por fin mi curiosidad se ha dado por vencida, entretenido en recoger las virutas que el cúter escupe de cada tirante sesgado, escucho a mi padre iniciar su bochornosa presentación alardeando de lo buen mozo que soy. Sé que mis mejillas arden más que de costumbre, pero es mi lengua la que me sorprende balbuceando como un niño que no encuentra palabras y eso que tan solo debo decir mi nombre, pero no esperaba encontrarme con ella frente a mí, ni siquiera sabía cómo debía ser o si existía, pero es que en décimas de segundo la he reconocido como a quien deseaba conocer sin saber que la buscaba. Lo cierto es que no sé qué acaba de ocurrir. ¿Su sobrina ha dicho? Sé que vuelven hacia su mostrador y que mi padre se está riendo, pero también sé que una especie de novedoso coraje trepa por mis entrañas.
Me he refugiado dentro del búnker y me he inventado una farsa de inventario, para que mi padre asuma mi reclusión como interesante, pero en realidad estoy maquinando cómo afrontar convertirme en poco tiempo en un osado conquistador.
Había escuchado algo de los primeros síntomas. Suspiros, pérdida de apetito. Veo pretendientes por todas partes.
Ya es media tarde y he decidido no pensar. Tengo una frase preparada: «Mireia, le compro el negocio por hoy porque tengo la necesidad de acertar». Luego, según sus expresiones, derivaré hacia la prudencia o hacia el arrojo, como que no quiero comenzar errando con las flores si las adquiero todas.
Doy el paso. Salgo decidido a atravesar la rambla mientras escucho un clamor, como un rugido interno, como con los goles del Barça, pero es un motor, una furgoneta.

domingo, 6 de agosto de 2017

Revolcón

         La conocí un verano siendo un crío. Decían de ella que estaba gruesa. Poco me importó el aviso. Nunca me importaron las apariencias. La entré sin miramientos, a plena luz del día, me ahorré las presentaciones y me tiré de cabeza a por ella. En el primer contacto me trató con calma y me envalentoné, ahora comprendo su envite. No tardó en darme el primer revolcón a pesar de mi alerta y encadenó unos cuantos más hasta que se cansó de mi insignificancia. Cuando me rehíce de la humillación, me alejé de su alcance y me juré despreciarla. Me dije que no merecía la pena, que ya encontraría algo mejor.

El verano siguiente y todos los que le siguieron hasta hoy los pasé de pueblo en pueblo. Y aunque remonté sus ríos hasta dar con las pozas más profundas, jamás pude olvidar aquel revolcón en el mar.

domingo, 2 de julio de 2017

Banderas


De joven me tragué el orgullo y me empaché de humildad. Ahora llevo una dieta en la que aderezo la vanidad con una pizca de fingida modestia. Voy de la mano de quien me acepta y ofrece la suya. Carne o pescado según temporada. Nunca le puse sexo al afecto. Habría aceptado matrimoniarme con un ángel si el amor nos fundiera. Me gusta sentirme querido, arropado, respetado, pero lo explícito o la efervescencia en público se la dejo a los adolescentes que, por escaso presupuesto y sumidos en la febrícula propia del despertar de la pasión, merecen ocupar las calles donde devorarse a besos. Cierto es que la mayoría de las veces regresarán urgentes al portal que los despide con un abultado o húmedo aplazamiento entre las piernas, antes del toque de queda. Agitarán la bandera blanca ante la cena fría y la mirada severa de quien la cocinó. Monosílabos responderán al interrogatorio. Al filo del castigo, quizá la manecilla se adelante media hora al día siguiente. Dará igual. Conversarán menos; se besarán más. Puede que algunos botones salten con las prisas...
 ¡Qué tiempos! Recuerdo cuando yo ondeé la multicolor por primera vez después de aquellas níveas de rendición. En todas pedí lo mismo: comprensión, pero cuando agité la del arcoíris encontré un gesto y una advertencia inesperadas: el dedo corazón de mi padre golpeando la esfera en su muñeca y el compromiso de mantener el mismo nivel académico. Aquella noche dormí con la misma manta y sábana de siempre, pero más arropado que nunca.








lunes, 24 de abril de 2017

Lucas

           
 Después del accidente encontré en la literatura una nueva forma de vivir. Las novelas se convirtieron en mi mundo, mi refugio y formaron un universo al que ningún medio de locomoción conocido hubiera podido llevarme jamás. Y de existir tal artefacto, que me trasladara de los tiempos de Dumas a los imaginados por Asimov, exigiría una cabina de un solo asiento.
Cuando me recuperé de gran parte de las secuelas, mis primeras perlas de felicidad surgieron en la soledad de las lecturas. Y compartir el aire o espacio incluso en la más severa y desolada de las bibliotecas me afectó el ánimo hasta el punto de bloquearme en ese párrafo que siempre se atraviesa en todo libro cuando el entorno distrae. Como consecuencia de esta reciente obsesión por encontrar los lugares más inverosímiles donde nadie me interrumpiera, alarmé a mi familia y decidieron intervenir.
             A causa de mi todavía temprana edad y de compartir techo con mis padres, por consejo médico, según me recordaban a pesar de mi estupenda salud, que apenas se veía afectada por algunos mocos invernales, me obligaron a pasear los fines de semana. Me sacaron de mis rincones y me llevaron del brazo, mientras me recordaban el aporte vitamínico del sol y las virtudes del aire libre. Matraca que evitaba replicar, porque sabía que surgía desde el cariño, pero es que ante el grueso abrigo con que me vestían y que caminábamos por un parque rodeado de circunvalaciones me costaba reprimir la protesta que masticaba sin poder tragar, ansiosa por volver a sumergirme en los textos aplazados.
            Mis compañeras del nuevo colegio trataban de complacerme con propuestas que por el tono sonaban ilusionantes, pero que rechazaba de plano casi sin dejarlas terminar. Siempre encontraba una excusa perfecta y jamás la repetía. Quizá esa fuera mi mejor virtud, la improvisación, la retórica culebrera con la que escapa de los compromisos sin sonar a excusa y que evitaba el hartazgo de ellas, pues reconozco que, en el fondo, necesitaba sentirme parte de los planes de los demás. Pero es que por nada ni por nadie cambiaba el momento en que, terminadas las obligaciones, podía por fin sumergirme en la lectura. Ese instante placentero lo comparaba con el del frío pegado al pijama y el sueño repicando, cuando de muy niña me introducía y ovillaba en la cama del pueblo abrazada por el peso de las mantas. Por esa razón, cuando mis padres me presentaron a Lucas, mi acompañante de entre semana para los paseos por el dichoso parque, me sentí castigada y supe entonces que sólo robándole horas al sueño conseguiría tiempo para las novelas.
Al principio el trato con Lucas fue complicado. Nunca demandé su compañía ni la de cualquiera y sin embargo allí aparecía puntual cada tarde dispuesto a compartir camino. Me sentí como esas damas del XVIII sujetas a una relación concertada, por lo que traté desde el primer día demostrarle mi fastidio, forzarle a odiarme y convencer a mis padres de lo nefasto de su propuesta.
Y ocurrió lo que siempre sucede cuando una no descansa lo suficiente. Cuando llegó el viernes tropecé de tanto cansancio acumulado y me lastimé las muñecas. Escayolada hasta los codos, el lunes cuchichearon mi nuevo apodo: La Playmobil. Pero las lágrimas que derramé llegaron por la noche y no por la burla, sino cuando comprendí el verdadero alcance de aquella incapacidad temporal.
Por primera vez en cinco años no pude leer una sola línea y maldije mordiendo las sábanas a mis padres, a Lucas y a la virgen de la perpetua oscuridad.
Cuando por fin me dieron el alta reanudé los paseos con Lucas. Durante los veinte días de postración asumí que debía aceptar su compañía y respetar las horas de sueño para evitarme otro infortunio. Así que decidí convertir el parque en mi nuevo rincón, aprender a abstraerme, a dejar que los trinos, que las risas de los chiquillos, la hojarasca, el regadío, la brisa, la gravilla, una a una o en su conjunto decoraran mi imaginación dispersa entre capítulos. Mientras tanto, el bueno de Lucas se mantenía a mi vera, impasible, salvo cuando barruntaba con su excelente olfato de alsaciano alguna hembra en celo y gemía como único atisbo de indisciplina. Entonces, le resbalaba una caricia por la cerviz al tiempo que mis acostumbrados dedos lectores descifraban su angustia, su debate, siempre fiel a su cometido de velar mis pasos. Entonces, le soltaba la correa y sonreía como si tripulara junto a él el artefacto que surca el universo de las letras.