domingo, 24 de marzo de 2013

Seis


         Desde la muerte de su padre, cada segundo miércoles del mes, Maicon Salazar De Orantes, brillante abogado y nuevo socio del prestigioso bufete Brits & Churruca, llamaba a la puerta de la vetusta mansión del número quince de la avenida de Los Parques. Enfundada en su bata de ositos tuertos, Noelia Reverte, su anciana tía, le recibía dándole la espalda para no perder tiempo en regresar al sofá. Por el pasillo excusaba sus modales cavernarios argumentando el calor que perdía su acomodo si se demoraba.
          —¿Qué serán esta vez, diez minutos? —preguntó con la desgana habitual mientras se ajustaba la manta alrededor de las piernas—. Al menos, apagarás ese teléfono tuyo del demonio —añadió con un amago de tos.
         Maicon sonreía al tiempo que miraba el reloj. Tomó asiento en el tresillo que presidía la estancia, desabrochó su chaqueta, que estiró por los faldones, aflojó el nudo de su corbata y cruzó una pierna sobre la otra como un violinista. Tenía una reunión dentro de una hora y casi la mitad la emplearía en desplazarse. En quince minutos debía estar arrancando su coche.
Dispuesto a que el tiempo transcurriera representando ser una mera compañía, sus dedos tamborilearon sobre el apoyabrazos mientras escudriñaba, una vez más, un salón que seguía teniendo, en el mismo sitio y con la misma cantidad de polvo que cuatro décadas atrás, una rancia colección de reliquias. Así: jarrones, candelabros, tres relojes de pared, mil libros, media docena de retratos y un par de cortinas componían la escena. Nada había cambiado en su mísera quietud salvo las sombras que la luz del mirador proyectaba. Tribuna desde donde la octogenaria pasaba las horas fiscalizando toda vida que husmeara en sus umbrales salvo que el sueño le venciera a cabezadas.
Ambos reconocían que esas visitas eran parte de una serie de promesas que obligó a jurar el difunto Serafín Salazar a su hijo, y, como todo acto social forzado en la desgana, el silencio predominaba hasta el punto de que los presentes temían que sus pensamientos llegaran a ser audibles.
Quizá esa fuera la razón por la que Noelia decidió contar su paseo de la mañana y que tanto la había atribulado.
—Estuve en su tumba. No es que fuera mi intención, pero me pillaba de paso y la eché un vistazo. Quién sabe, puede que algún día me anime y le ceda algunas de las flores que llevo a tu abuelo. Y eso que tu padre no las merece porque siempre fue un golfo, aunque nadie en casa lo supiera; bien se encargó tu abuela de…Pero, en fin, parece que alguien más, aparte de ti, le estimaba ¿Quién sino le habría puesto una corona de magnolias?
—¿Una corona?
—Sí, con la forma de un seis y un dibujo de un asterisco o algo parecido. Sin dedicatoria.
Maicon detuvo su traqueteo al tiempo que su boca se abría como un apopléjico.
 —¿Sabes quién ha podido ser? —continuó indagando la anciana—. Pero para qué te pregunto nada. Seguro que alguna lagarta chocha, de esas que mantuvo a promesas y todavía le llora… ¿Cómo se llamaba aquella? La peluquera… Pero… ¿Maicon?
El socio de Brits & Churruca, el azote de los fiscales, el nuevo soltero de oro de la ciudad tuvo que caminar deprisa hasta ganar la esquina y vomitar sin que Noelia Reverte le viera.
Mientras las arcadas se sucedían y el sudor perlaba su rostro macilento, rememoró sus días de universitario. Recordó la tarde en que una carta filtrada entre sus notas le citaba de madrugada en la profundidad del bosque. Al poco, comenzaron los ritos de iniciación, nuevas reuniones, el compromiso, el juramento y, finalmente, la revelación de la identidad de los otros cinco miembros de la sociedad secreta en la que acababa de ser aceptado y a la que pertenecería hasta el final de sus días. Pero si algo recordaba de ese proceso era la prueba de admisión, la que desnudaría el alcance de su entrega. Cautivado por el ofrecimiento, por pertenecer a la élite intelectual del país, aún desconociendo el reto, no tuvo dudas y aceptó a ciegas la propuesta.
No había día en el que lamentara haber participado en lo que, ahora estaba convencido, nunca fue un accidente, ni siquiera una prueba, sino un crimen premeditado.
La sociedad secreta de la Puerta Giratoria fue conocida por sus metas imposibles. Se supo de su existencia por los desajustes propios de los comienzos, en los que el sigilo claudicaba ante la presunción, ante la necesidad de contar la intervención sobre actos que para el resto parecían casuales a pesar del asombro que producía su acontecimiento. Solventadas aquellas primeras filtraciones con la expulsión del díscolo y establecida una mayor severidad en la futura aceptación de miembros, se decidió que como única área de influencia en los propósitos de la sociedad se determinaba el campus en su geografía y el rigor académico en su alcance.
Sin embargo, cuando todos sus componentes se licenciaron decidieron ampliar su imperio por donde quiera que sus avatares profesionales les llevaran, con el único afán de repercutir con sus donaciones en la cultura y formación de los jóvenes. Con una salvedad, convinieron que, al menos, uno de ellos debía continuar vinculado a la universidad, para, por un lado, asegurarse la sustitución de los miembros ya fallecidos con savia de idéntica calidad, y, por otra parte, que su doctrina, el lema fundacional, perviviera en las generaciones venideras.
Con la muerte de uno de sus integrantes, Maicon fue admitido cuando la sociedad acababa de cumplir treinta años desde su institución. Y aunque por estatutos nadie representaba el papel de maestre, la voz cavernosa del albacea, la seguridad de sus indicaciones y la personalización de su discurso recogía, por los gestos de los restantes, la admiración y el respeto innegable de un líder, y llevó al joven Maicon a considerarle como el guía necesario que orientara su iniciación.
Secado el sudor con la corbata; moteados los zapatos con restos del desayuno, Maicon, tratando de recomponerse, había descubierto hasta la nausea que nunca había pertenecido a La Puerta Giratoria.
Anuló la reunión y se dirigió a la universidad.
Con los mismos modales de su tía, irrumpió en el despacho del decano. A un gesto con el mentón de su titular, secretario y claustro abandonaron la estancia y trasladaron la reunión a otra sala. Decano y abogado quedaron solos, pero antes de que este último soltara sus razones, el académico descolgó el auricular, marcó un número y dijo un lacónico «lo sabe» con su característica voz cavernosa.
Esa misma noche, Maicon acudió el primero a la convocatoria extraordinaria de La Puerta Giratoria en el lugar de costumbre: una cabaña del servicio forestal que el Ministerio desconocía de su existencia por el carácter privado de los terrenos, pero que se disfrazó con esa argucia para que la propiedad creyera de su legítima ubicación ignorando que la normativa les excluía. Ni unos ni otros conocían la superchería de aquel emplazamiento.
La puntualidad era una premisa y a pesar de los compromisos y las altas responsabilidades de todos los miembros, la sociedad secreta estaba por encima de toda deuda. Sin embargo, llegada la hora, las luces de un sedán se apagaron y mostraron la silueta de un solo tripulante: el decano.
La cabaña disponía en su interior de una mesa y seis sillas de madera tan simples como los dibujos de un niño; un par de catalíticas para el invierno y el mismo número de ventanas para que en el verano se colara el frescor del hayedo que la rodeaba. Maicon había retirado la suya pero prefirió esperar de pie.
Cuando la puerta se abrió Maicon reconoció el brillo sucio del acero pavonado de una pistola. En sus inicios como penalista otras réplicas numeradas con carteles encordados figuraban como pruebas contra sus clientes. Examinarlas era una parte fundamental para buscar vías de exculpación. Reconocería una auténtica por muy tenue que fuera la luz, pero a pesar de la penumbra lo preocupante era que quien la blandía proyectaba la mirada de alguien acostumbrado a su manejo y a solventar esos asuntos sin pestañear.
—Me utilizaste, y viendo que acudes solo supongo que también al resto.
—Mi querido Maicon. Te sobreestimé, pensé que lo averiguarías antes, pero en cuanto a los demás, nunca me preocuparon. Sólo tú eras familia de un auténtico miembro de La Puerta Giratoria. Condición que, como bien sabes, solo se averigua cuando en su tumba se deposita una corona de magnolias con el símbolo de la sociedad secreta y con la forma del dígito que representa el número de quienes la integran.
—No lo entiendo, entonces ¿por qué me aceptaste si conocías mi parentesco, por qué creaste una sociedad paralela con idéntico nombre? Podría, podrían haberte descubierto.
—Eras perfecto, muchacho. Una lumbrera en derecho penal que conocía las consecuencias carcelarias de su crimen y que en su día a día, en los juzgados, reforzaría su idea de olvidar que siendo un estudiante participó en el supuesto accidente que se llevó la vida del anterior decano. Además, eras el hijo de quien me expulsó, de mi enemigo. Lástima que tu padre muriera antes de lo previsto, tenía otros planes para consumar mi venganza y tú eras el resorte que me facilitaría su desesperación. Con respecto a suplantar esta sociedad, era lo más sencillo para mí después de haber formado parte en sus inicios. Su carácter de secreta y su reconocido prestigio me ahorraban muchos esfuerzos. Nadie se preocupa en proteger una identidad que considera a salvo porque, sencillamente, no existe, y lo que menos espera es que pueda ser suplantada. Fue muy fácil enredaros.
—¿Y todo esto para ser el decano? Desde que esta tarde descubriera la farsa supe que la sinrazón nos dominaba, pero ahora que confiesas tu despecho, ciertamente, eres un loco y un idiota.
El académico se mantuvo en el umbral a media sombra y a media luz, y a media docena de metros del abogado.
—No te malgastes buscando alterarme. Estimo tus esfuerzos y tengo en buena consideración tu inteligencia, y espero de ella que te haga comprender el motivo de este encuentro. Muerto tu padre ya no es necesario mantenerte en la ignorancia. No obstante, me decepciona que todavía creas que mi puesto en la universidad es la razón y no el medio. En cuanto al arma no es más que un freno a tu ira, para evitar que tu frustración te incline a golpearme. Ahora bien, no tengo ningún inconveniente en llenarte el cuerpo de plomo. Me eres útil pero prescindible.
Maicon reconocía que incluso en ese preciso instante, a pesar de sus ganas por arrojarse al cuello del decano, seguía siendo un pelele, una marioneta manejada al antojo de un hombre que en una mano tensaba su equilibrio y en la otra, escondía unas tijeras.
—Y ahora, ¿qué?
—Sigue con tu vida como hasta ahora. No dejes de asistir a nuestras reuniones, cumple con el lema fundacional e interpreta a ese joven abogado íntegro que ocupa portadas, pero no olvides que tu carrera siempre puede derrumbarse si la verdad sobre la suerte de mi predecesor se descubriera. Tengo documentos que lo prueban. Los fiscales se frotarían las manos de saber que ocupas una plaza en el banquillo de los acusados.
Dicho esto dio un paso atrás y las sombras de la noche engulleron la amenaza, y por todo rastro de su visita quedó el ruido de un motor alejándose y un abogado sumido en las penumbras del incierto porvenir.

A la mañana siguiente la policía aporreaba la puerta de un lujoso ático, leía los derechos a su somnoliento inquilino, le mostraba una orden de entrada y registro, y en compañía de la secretaria del juzgado y de dos testigos procedía a incautarse de todo documento que pudiera servir como prueba de un delito contra el patrimonio y el orden socioeconómico.
Un poco más tarde y en el juzgado de guardia, el fiscal jefe se sorprendió al encontrar a Maicon Salazar De Orantes en el lado contrario de la mesa escoltado por dos inspectores de policía. Sus ojos chispearon ante la novedad y quiso conocer de primera mano las razones.
—¿Problemas con la justicia? —interrumpió el fiscal.
—Más bien con las injusticias, yo soy el agraviado —matizó Maicon.
El fiscal giró su cabeza ante los documentos que la mesa ofrecía. Leyó parte de las diligencias y de nuevo se enfrentó al abogado.
—Te deseo mucha suerte. ¿Te representará tu bufete?
—No, es cosa mía. Voy por mi cuenta.

Al año se celebró el juicio y quedó demostrada la culpabilidad del imputado. La acusación particular demostró, gracias a los testimonios de los cinco perjudicados y a la documentación habida en el domicilio del detenido, que una gran parte de las donaciones destinadas a la universidad, y aportadas por cinco ciudadanos de reconocido prestigio, como así los definió el tribunal, habían sido desviadas por el decano a unas cuentas a su nombre en un paraíso fiscal. La sentencia le condenó a cinco años de prisión y a la inhabilitación para ejercer la docencia o cualquier cargo relacionado con esa profesión.
Pero fue al mes siguiente de la detención del decano, mientras éste permanecía en prisión preventiva, cuando, cumpliendo con su promesa, Maicon Salazar De Orantes visitó a su tía Noelia en el número quince de la avenida de Los Parques. Previamente, gracias a la libre circulación por los juzgados, que su condición de reputado letrado le otorgaba, se había deshecho de una agenda del decano que le comprometía con cierto pasaje luctuoso de su juventud y que nadie echaría en falta en relación con los hechos que se juzgaban, salvo el reo.
La anciana le recibió con el mismo destemple de costumbre, sin embargo, algo había cambiado en el escenario desde su última visita y no acertaba a adivinar el qué. La bata seguía siendo de ositos tuertos; el sillón, el mirador, el tresillo, los jarrones, los libros, los candelabros, los retratos… Todo parecía igual y lo cierto es que seguía dispuesto del mismo modo, con el mismo velo de polvo, salvo que lo único que había cambiado era su forma de observarlo. Y entonces se dio cuenta, y su tía, también.
Maicon volvió a sonreír, esta vez sin consultar su reloj. Luego, habló.
—Gracias por la corona.
La anciana asintió y con la calma de un lama se giró para, por primera vez, mirarle a la profundidad de sus ojos.
—Ya es hora de que tomes el relevo de tu padre —dijo mirando ahora al retrato del difunto Serafín, enmarcado junto al suyo y a otros cuatro más.
—Leticia…
—¿Cómo?
—El nombre de la peluquera: Leticia…

sábado, 16 de marzo de 2013

Fermín, el loco


                Con la prisa de los devotos ante las campanadas, así subía la cuesta Fermín el loco. Si no fuera por los saltos, a los que se obligaba para evitar la quiebra de las briznas del empedrado, parecería un feligrés más de a los que la pendiente apretaba la grupa, y que, una vez coronada, exigía un alto que casi siempre terminaba en la fuente de los siete caños.
Junto a ella, los más mozos aprovechábamos la pared de la casa de Rufo para dibujar a tiza una portería que siempre nos borraba a calderos en cuanto los balonazos le hacían asomar vara en mano. Formaba parte del juego correr en busca de refugio cuando el silbido del mimbre cortaba el aire de la paciencia agotada del viudo; y qué mejor lugar que el pórtico de la iglesia, el cual ganábamos con la risa de los pilluelos y ocupábamos sus rincones como los monos de los templos de oriente.
Desde allí, a cuenta de lo sagrado, nos sabíamos a salvo y contemplábamos el desaire del viejo Rufo acarreando cubos que arrojaba contra su tabique hasta que la última lágrima de blanca arcilla se perdía en el brillo del desagüe.
Si la tarde era de trinos, nos quedábamos en esa atalaya a contemplar el trasiego de parroquianos apurando las últimas luces, antes de que los televisores dieran vida a sus ventanas, antes de que nuestras madres nos reclamaran y el eco de las trancas recorriera las calles, dejando una postal de fachadas brillantes de candelas y patrullas de perros sin collar olfateando el insomnio de los gatos.
Así como el panadero no renunciaba una sola madrugada a propagar sus matices de harina en los aledaños del obrador, Fermín, minutos antes del mediodía, ocupaba su sitio junto a la fuente dispuesto a soltar su alegato y convencer a las beatas de mantillo, que se santiguaban al verle, que una gran amenaza se cernía sobre todos nosotros.
 Aquellos que no habíamos nacido en el pueblo considerábamos a sus gentes como figuras eternas de un belén sin nacimiento. Como buenos forasteros, colonos de un nuevo sentido de la tranquilidad, ávidos por demostrar nuestra fortuna en la ciudad, nos dábamos de frente con las picaduras, las insolaciones o las embestidas de animales que apenas conocíamos salvo por haberlos dibujado en el pupitre. Nunca nos preguntamos si alguna vez esas gentes llegaron y decidieron que aquella localidad era un buen lugar para establecerse o si, por el contrario, nunca habían salido de la provincia y renunciaron por plenitud a nuevos horizontes.
Obvié que alguna vez fueron niños, que no siempre fueron tal y como los veíamos: adultos, enjutos, curtidos;  de mirada profunda, la de los que sienten crecer lo que siembran. Fermín era la excepción, él era de ninguna parte.
 En cuanto descubrías sus absurdos giros al caminar, y comprendías que era flojo de chavetas, reparabas más allá de su anómalo vagar y te sorprendías de la rara costumbre que tenía de sumergir la mano izquierda en el bolsillo contrario de su chaqueta de pana. Contorsión que evitaba el braceo de su roída codera, estrangulaba el único botón que la unía bajo el pecho y estiraba el ojal amparado en una suerte de hilachas como pestañas sin perfilar.
Cualquier foráneo arrugaría el mentón antes de quien se movía como un caballo de ajedrez se le acercara y le propusiera, con esa mirada que tendía a depositar en la invisible parte posterior de las cosas, una conversación que pronto descubriría inconexa y le aceleraría el paso en la dirección contraria a esa voz que reclamaba atención sobre un hecho insólito que había descubierto y del que nos quería librar.
Para Fermín, la pequeña localidad que le había acogido con el cariño de quienes registran una larga estirpe de consanguíneos, era el lugar exacto donde la tierra pretendía expiar sus tensiones con un gran terremoto. Así, a las doce en punto, sumergía con violento pisotón media pierna en la fuente y proclamaba que ese era el epicentro de lo que nos avecinaba. Luego, sin variar su discurso, repetía datos de los grandes cataclismos acontecidos en la historia de la humanidad mezclando la churra Pompeya con la merina Atlántida.
Nosotros, la chavalería, cuando Fermín procedía a escurrir los restos de su teatro, le invitábamos a jugar balón en mano. Antes de rechazar el ofrecimiento miraba hacia la puerta de Rufo y demostraba que de loco lucía una espléndida melena pero de tonto no tenía un pelo. Luego, se perdía calle abajo para seguir con sus rutinas que, cansados de espiarlas, habíamos renunciado a su entretenimiento pues nunca variaban.
Así, Fermín, prensaba hojas secas o frescas, según la época del año, bajo cada una de las aldabas de todas las viviendas del pueblo como una especie de sereno que deja paso de su ronda. Era su forma de saludar y cuidar a sus vecinos a pesar de que no todos rendían pan o abrigo a su loco.
Volver, al cabo de los años, al pueblo llevando de la mano a un par de mocosos y a una mujer asombrada de la sonrisa de su marido por recorrer unas callejuelas barnizadas de estiércol, poco propicias para sus tacones, tiene su error por la sombra de prisa que planea sobre los acompañantes; pues los recuerdos propios no entretienen a nadie más que a quien los vivió, por mucha intensidad que vuelque en su relato, por mucho que apunte a cada rincón como si una ventana en el tiempo se abriera y pudiera verse correr con los calzones de la época acuciado por esa vara de mimbre.
El único bar ya no estaba. La vieja cosechadora que acumuló polvo en el cobertizo de la entrada ahora era un pequeño colmado de ventanas ocultas por ofertas de colores. La casa de Rufo estaba en ruinas. Tantos años baldeando la pared acabó por venirse abajo y se vio obligado a pedir alojamiento en la residencia de la carretera. La fuente seguía teniendo siete caños pero solo uno surtía el hilo de agua que apenas daba para llegar al desagüe.
Sonaron las doce y no hubo Fermín alguno que chapoteara en el ridículo charco de la pila. «De atar», refirió un vecino a las preguntas por la suerte del loco. Dicen que quiso mover la fuente de sitio y se dejó los huesos empujándola. Acordaron internarle. Al poco tiempo se escapó y nadie supo adonde.
Quizá porque la mente de un niño ensueña más que vive, la razón de aquel nuevo empeño de nuestro sismólogo tarado fue comprendida por toda aquella generación de mozalbetes que, a cuentagotas, visitaron el pueblo de sus travesuras y supieron de su desaparición.
Alguno visitó al viejo Rufo en su retiro y éste confesó sus sospechas. Aquel día, momentos antes de que la pared se viniera abajo, a falta de niños sonámbulos, alguien pintó la portería, el mismo que llamó a su puerta y le dejó a sus pies un caldero por llenar. Un desconocido al que el silencio de la noche descubrió huir a saltitos y fue engullido por las sombras de la cuesta que abandona el pueblo.
Cuando la polvareda del derrumbe se disipó, Rufo encontró en las sábanas aún calientes de su reposo media tonelada de cascotes. 
Sin todavía reponerse del susto, sin todavía asumir que su suerte fue advertida, encontró bajo la aldaba una hoja seca de roble. 

jueves, 7 de marzo de 2013

La inutilidad indispensable


         Hay quien viaja azorado a nuevos mundos a causa de aquellas primeras lecturas caídas en la mágica edad del asombro constante. Hay quien abandona la seguridad de un entorno favorecedor por tratar de encontrarle sentido a una vida demasiado evidente. Algunos miran al firmamento, reconocen la brevedad de su paso y se cuestionan las razones del universo por dotar de inteligencia a quienes nunca podrían influir en las fuerzas que equilibran esa inmensidad.
Pongamos que somos planetas aquiescentes a los influjos de nuestra cercanía. Que rotamos en torno a ese planetario convenido y desplazamos nuestra órbita cuando la energía fundida bajo nuestra corteza protesta por cambiar esa aburrida elipse que describe la rutina que nos desplaza.
Digamos que los satélites son prójimos de suerte esquiva, como formas abruptas alejadas de la armonía; personas que nos engrandecen si los consideramos parte inseparable de nuestra constelación. Sin embargo, son despreciadas porque la liga de la normalidad decidió señalarlas con el dedo del temor.
La alcanzable luna, una masa yerma, expuesta, inhabitable; que fuera meta de potencias por clavar su bandera, que es reina de las mareas, nostalgia de lobos, cuna menguante de promesas, adalid del poemario, raíz de lunáticos, anticipo de la mañana; rostro creciente, oculto o pleno; la que maquilla de gris las noches y se esconde como buen espejo cuando el fulgor excede la reflexión. Es la luna el mejor ejemplo de esa inutilidad indispensable.
Luca de Tena acertó a referirlos como «Los renglones torcidos de Dios». Recurso inhabitual acudir a la literatura novelada para comprender su existencia, pero inmejorable retrato el que narra el desaparecido escritor. Por el contrario, es quizá más frecuente que, de crío,  un comportamiento impropio de un adulto sea cuestión de sobremesa y llevé a que los cubiertos caigan o la bebida atragante si la inquietud apela sobre el mundo de los disminuidos mentales. La incómoda respuesta navegará entre la delicadeza y la ilustración, con el reparo del mentor por no producir un escalofrío a su curioso tutelado si éste entiende que ese fracaso ajeno se reduce a la simple lotería del nacimiento.  
Nombrarlos como mentes encerradas en cuerpos de una talla inapropiada es un resumen demasiado transversal, reconducido como por alivio hacia un asunto de desproporciones. Y aún asumida esa definición de urgencia como una contrariedad de la naturaleza, a quien sea sensible a las aflicciones ajenas el desasosiego le cerrará el estómago ante el matiz de lo incurable.
Pero pongámonos en esa etapa de la infancia donde se vadean las dudas entre soluciones alcanzadas por la introspección o por el tino en las respuestas si es ilustre el interpelado. Algunas, como la abordada, a pesar de la buena disposición del culto por aclararlas, quedarán alojadas en un limbo de pesadumbre a cuenta de la injusta esencia por ser diferente. Quizá a esa edad se es demasiado joven para comprender que no todo en la vida es merecido, ni siquiera la buena estrella. Por esa razón siempre se agradece que, de vez en cuando, surja un talento que deje en su arte un recuerdo imborrable y llene de esperanza, y de dudas, a cuenta de la semántica, sobre quién recae, en verdad, la desgracia. ¿Será en el señalado o acaso el infortunio se detiene en quien le observa? Porque ¿qué esconde esa mirada perdida, la de ese errante de mente entre nebulosas que la casualidad ha querido cruzarnos?
En esa coincidencia, una vez a nuestra altura, las sombras se confundirían, nadie encontraría la diferencia. Puede que ni siquiera existamos para él, o puede que se esté compadeciendo de nosotros y de nuestra capacidad en el empeño de querer comprender todo, incluso lo deficiente.
Compadecerse. Sufrir por quien sufre.
Se me antoja que ese artista, que antes mencioné, supiera por confesiones celestiales que nuestra suerte campea sobre un error ancestral. Como espectador de la historia que tararea, como narrador de la desgracia, como trovador de la vida, nos recuerda que a pesar de nuestra abundante fortuna los renglones torcidos no rivalizan, no envidian y ni lo pretenden.
«No puede haber nadie en este mundo tan feliz», afirma convencido el cantautor, y da rotundidad a su mensaje, nos llama la atención, con un: ¡Hey!, todo se reduce a que «Sólo pienso en ti».
Quizá bajo esta simple consideración, no estaría de más maldecirse cuando la indignación por meros contratiempos se magnifica hasta el absurdo como si de afrentas al honor se trataran. Pues bajo el Infinito, ante ese sol que nos ciega, ante esa luna que se cuela por los poros de nuestras persianas, nada nos separa de esas otras vidas salvo la estupidez de nuestros egos y el largo de nuestras  sombras.
Quien tiene la capacidad de enamorarse, nada más necesita, ninguna facultad le falta, todo es soportable cuando la mirada se detiene en la persona que nos colma.