domingo, 6 de agosto de 2017

Revolcón

         La conocí un verano siendo un crío. Decían de ella que estaba gruesa. Poco me importó el aviso. Nunca me importaron las apariencias. La entré sin miramientos, a plena luz del día, me ahorré las presentaciones y me tiré de cabeza a por ella. En el primer contacto me trató con calma y me envalentoné, ahora comprendo su envite. No tardó en darme el primer revolcón a pesar de mi alerta y encadenó unos cuantos más hasta que se cansó de mi insignificancia. Cuando me rehíce de la humillación, me alejé de su alcance y me juré despreciarla. Me dije que no merecía la pena, que ya encontraría algo mejor.

El verano siguiente y todos los que le siguieron hasta hoy los pasé de pueblo en pueblo. Y aunque remonté sus ríos hasta dar con las pozas más profundas, jamás pude olvidar aquel revolcón en el mar.

domingo, 2 de julio de 2017

Banderas


De joven me tragué el orgullo y me empaché de humildad. Ahora llevo una dieta en la que aderezo la vanidad con una pizca de fingida modestia. Voy de la mano de quien me acepta y ofrece la suya. Carne o pescado según temporada. Nunca le puse sexo al afecto. Habría aceptado matrimoniarme con un ángel si el amor nos fundiera. Me gusta sentirme querido, arropado, respetado, pero lo explícito o la efervescencia en público se la dejo a los adolescentes que, por escaso presupuesto y sumidos en la febrícula propia del despertar de la pasión, merecen ocupar las calles donde devorarse a besos. Cierto es que la mayoría de las veces regresarán urgentes al portal que los despide con un abultado o húmedo aplazamiento entre las piernas, antes del toque de queda. Agitarán la bandera blanca ante la cena fría y la mirada severa de quien la cocinó. Monosílabos responderán al interrogatorio. Al filo del castigo, quizá la manecilla se adelante media hora al día siguiente. Dará igual. Conversarán menos; se besarán más. Puede que algunos botones salten con las prisas...
 ¡Qué tiempos! Recuerdo cuando yo ondeé la multicolor por primera vez después de aquellas níveas de rendición. En todas pedí lo mismo: comprensión, pero cuando agité la del arcoíris encontré un gesto y una advertencia inesperadas: el dedo corazón de mi padre golpeando la esfera en su muñeca y el compromiso de mantener el mismo nivel académico. Aquella noche dormí con la misma manta y sábana de siempre, pero más arropado que nunca.








lunes, 24 de abril de 2017

Lucas

           
 Después del accidente encontré en la literatura una nueva forma de vivir. Las novelas se convirtieron en mi mundo, mi refugio y formaron un universo al que ningún medio de locomoción conocido hubiera podido llevarme jamás. Y de existir tal artefacto, que me trasladara de los tiempos de Dumas a los imaginados por Asimov, exigiría una cabina de un solo asiento.
Cuando me recuperé de gran parte de las secuelas, mis primeras perlas de felicidad surgieron en la soledad de las lecturas. Y compartir el aire o espacio incluso en la más severa y desolada de las bibliotecas me afectó el ánimo hasta el punto de bloquearme en ese párrafo que siempre se atraviesa en todo libro cuando el entorno distrae. Como consecuencia de esta reciente obsesión por encontrar los lugares más inverosímiles donde nadie me interrumpiera, alarmé a mi familia y decidieron intervenir.
             A causa de mi todavía temprana edad y de compartir techo con mis padres, por consejo médico, según me recordaban a pesar de mi estupenda salud, que apenas se veía afectada por algunos mocos invernales, me obligaron a pasear los fines de semana. Me sacaron de mis rincones y me llevaron del brazo, mientras me recordaban el aporte vitamínico del sol y las virtudes del aire libre. Matraca que evitaba replicar, porque sabía que surgía desde el cariño, pero es que ante el grueso abrigo con que me vestían y que caminábamos por un parque rodeado de circunvalaciones me costaba reprimir la protesta que masticaba sin poder tragar, ansiosa por volver a sumergirme en los textos aplazados.
            Mis compañeras del nuevo colegio trataban de complacerme con propuestas que por el tono sonaban ilusionantes, pero que rechazaba de plano casi sin dejarlas terminar. Siempre encontraba una excusa perfecta y jamás la repetía. Quizá esa fuera mi mejor virtud, la improvisación, la retórica culebrera con la que escapa de los compromisos sin sonar a excusa y que evitaba el hartazgo de ellas, pues reconozco que, en el fondo, necesitaba sentirme parte de los planes de los demás. Pero es que por nada ni por nadie cambiaba el momento en que, terminadas las obligaciones, podía por fin sumergirme en la lectura. Ese instante placentero lo comparaba con el del frío pegado al pijama y el sueño repicando, cuando de muy niña me introducía y ovillaba en la cama del pueblo abrazada por el peso de las mantas. Por esa razón, cuando mis padres me presentaron a Lucas, mi acompañante de entre semana para los paseos por el dichoso parque, me sentí castigada y supe entonces que sólo robándole horas al sueño conseguiría tiempo para las novelas.
Al principio el trato con Lucas fue complicado. Nunca demandé su compañía ni la de cualquiera y sin embargo allí aparecía puntual cada tarde dispuesto a compartir camino. Me sentí como esas damas del XVIII sujetas a una relación concertada, por lo que traté desde el primer día demostrarle mi fastidio, forzarle a odiarme y convencer a mis padres de lo nefasto de su propuesta.
Y ocurrió lo que siempre sucede cuando una no descansa lo suficiente. Cuando llegó el viernes tropecé de tanto cansancio acumulado y me lastimé las muñecas. Escayolada hasta los codos, el lunes cuchichearon mi nuevo apodo: La Playmobil. Pero las lágrimas que derramé llegaron por la noche y no por la burla, sino cuando comprendí el verdadero alcance de aquella incapacidad temporal.
Por primera vez en cinco años no pude leer una sola línea y maldije mordiendo las sábanas a mis padres, a Lucas y a la virgen de la perpetua oscuridad.
Cuando por fin me dieron el alta reanudé los paseos con Lucas. Durante los veinte días de postración asumí que debía aceptar su compañía y respetar las horas de sueño para evitarme otro infortunio. Así que decidí convertir el parque en mi nuevo rincón, aprender a abstraerme, a dejar que los trinos, que las risas de los chiquillos, la hojarasca, el regadío, la brisa, la gravilla, una a una o en su conjunto decoraran mi imaginación dispersa entre capítulos. Mientras tanto, el bueno de Lucas se mantenía a mi vera, impasible, salvo cuando barruntaba con su excelente olfato de alsaciano alguna hembra en celo y gemía como único atisbo de indisciplina. Entonces, le resbalaba una caricia por la cerviz al tiempo que mis acostumbrados dedos lectores descifraban su angustia, su debate, siempre fiel a su cometido de velar mis pasos. Entonces, le soltaba la correa y sonreía como si tripulara junto a él el artefacto que surca el universo de las letras.


sábado, 11 de marzo de 2017

Todos

            Calle Corintios 13, sede del colectivo LGTBI.
El buen tiempo me ha animado y aprieto con fuerza el timbre del portero automático. Mi marido y yo pertenecemos a la nueva generación de mendigos jubilados. Esa élite de desahuciados que a pesar de nuestras bien graduadas gafas y de haber estudiado lo justo fuimos incapaces de entender lo injusto en la letra pequeña de la hipoteca. Que además pariéramos a un hijo al que todo le dimos y que con un aval terminara por arruinarnos supongo que sirvió para que la unión con mi marido se fortaleciera y la represente esa mano de la que vamos juntos a todas partes.
         —Somos Fernando y Miranda, venimos por lo de la junta —anuncio al interfono, señalando lo subrayado en un diario de la semana anterior.
         Tras unos segundos de dudas, la puerta cede al empuje y abre el paso a unas escaleras de madera que ascienden hasta perder el lustre en la oscuridad del primer rellano. Ni rastro de ascensor ni hueco que lo pudiera albergar.
         —Son pruebas a superar, Fernando. Sólo obstáculos. Quien algo quiere, algo le cuesta.
         Fernando resopla ante lo que para su cadera supone el Annapurna.
         Judith, una veinteañera menuda, rapada al estilo orgullo del más chusquero sargento, nos espera en el umbral. Ha escuchado el leve ascenso, la lenta cadencia de nuestros pasos; resuellos. «Ancianos», ha mencionado al interior, creyendo que no la he oído. Acto seguido se presenta. El destinatario de la confidencia es Nacho, el famélico secretario del colectivo, absorto tras un mostrador en ultimar el papeleo para la elección de la nueva junta directiva y quien nos ha dedicado una sonrisa fugaz antes de volver a la tarea. Judith comprende que nos falta el aire, así que nos invita a sentarnos y sin tiempo para preguntas sobre la razón de nuestra visita, el telefonillo la reclama de forma encadenada. A los pocos segundos comienza a entrar toda una troupe, bulliciosa, que parece vivir con el ánimo de un viernes perpetuo.
No recuerdo tanta diversidad y algarabía desde mi primer carnaval. ¡Qué alegría ver tanto beso y complicidad entre los congregados! Todos van pasando a una gran sala y se van acomodando entre cojines, suelo, sillas y paredes, mirando hacia la mesa que al fondo preside la estancia. Fernando y yo nos hemos apretado la mano más fuerte. Las multitudes nos retraen por miedo a ser arrollados y, con el follón, Judith se ha olvidado de nosotros. Comprendo en este instante que nuestra oportunidad de ser atendidos mejora y aprovecho, ahora que las conversaciones de los recién llegados han modulado hacia el murmullo y cierta quietud se consolida en las filas, para achuchar a Fernando y buscar un hueco en la sala, por supuesto, con las sillas a cuestas.
Entiendo la cara de extrañeza de los asistentes. Una vieja pidiendo excusas, pero abriéndose paso con la mano firme a modo de rompehielos, seguido de un achacoso con una silla en cada mano. 
Acabamos en primera fila bien juntitos y escuchamos con atención la orden del día. El preámbulo es impecable, integrador, y los postulados confirman que encajamos en el colectivo. Busco en la disertación el momento adecuado para intervenir, pero es Fernando quien me atreve, pues suelta mi mano, se pone en pie y me anuncia. Tomo la palabra.
—Buenos días. Somos Fernando y Miranda —digo con la voz llena de dudas, pero el silencio creado me anima a continuar—. Vivimos de la caridad, pero para nada en pena. Excluidos por edad y por deudas, cada día desde que perdimos nuestro techo evaluamos cuál es nuestro sitio en el epílogo de la vida. Cuando leímos en la prensa la convocatoria por la renovación de la junta directiva despertasteis nuestro interés e iniciamos un debate versado en dos mejoras: las siglas y nuestra ausencia. Aspectos que resumiré en un único punto y con muy pocos matices para no extenderme demasiado.
 Hago una pausa y dudo si seguir de pie. Fernando me anima a continuar. Siento que la audiencia me compadece, pero respeta mi intervención. Prosigo.
Como quiera que cada año surge la cuestión sobre alguien de la comunidad que no se siente representado, lo que obliga a añadir una nueva letra inicial del adjetivo que mejor le define, Fernando y yo, el otro día, apurando las sopas del comedor social, vaticinamos que a este paso, en dos décadas más o menos, entre los clones, los humanoides, los robots o los animalistas, por poner unos ejemplos locos, no quedaría letra del alfabeto sin encontrar cobijo en la sombra del arcoíris. Por esta absurda pero palmaria razón, hemos creído conveniente comenzar por cambiar el nombre del colectivo, alejarnos de las siglas y emplear uno que represente sin excepción a quienes aquí estamos y a quienes no tardarán en llamar a esta puerta por algún motivo de exclusión, como el que hoy nos ha llevado a presentarnos ante esta junta: queremos dar voz a los seniles. Y como contribución inicial proponemos llamarnos a partir de ahora «Todos». Todos jamás dejaría fuera a nadie. Lleváis toda la vida etiquetados, no hagáis marca de vuestra diferencia sino diluiros entre los demás. Sólo desde la igualdad, desde el tú a tú, sin jerarquías, se logra la ansiada normalidad.
El asombro inicial deja al portavoz de la mesa enmudecido, pero como todas las miradas convergen en la suya parece animarse a opinar. Sin embargo, Fernando vuelve a ponerse de pie, se agarra a mi mano y me releva evitando que nadie intervenga con esa mirada suya tan profunda, y que tanto me enamoró, con la que barre a la audiencia y apaga cualquier conato de chascarrillo.
—Puestos a renovarnos convendría cambiar de lugar la sede. Ignoro el precio de alquiler o si acaso nos la subvencionan, pero para los seniles es todo un castigo tanta escalera. Gracias.
—Voto a favor —digo alzando la mano, que, de inmediato, busca la de mi Fernando. Siempre cálida, acogedora y hoy, presiento, algo victoriosa.

         

domingo, 19 de febrero de 2017

El nini

          De acuerdo con que al principio viajábamos de aquí para allá, durmiendo en cualquier parte, viviendo de la caridad, pero eras demasiado chico para darte cuenta de las penurias. Nunca te faltaron atenciones, esa es la verdad, te dimos todo cuanto pudimos y cuando por fin logramos establecernos en este barrio, me dejé las manos en el taller para daros sustento a ti y a tu madre, en silencio, soportando las habladurías sobre nuestro origen.
Jamás te levanté la voz, ni siquiera con los revuelos que aún formas junto a esa cuadrilla con la que pasas la semana sin trabajar ni estudiar. Pero hoy, tras tres días sin saber de ti —dijiste que te ibas de cena—, te presentas medio desnudo, con mil magulladuras, pero con aires de grandeza, como si me importara cómo han quedado los otros y las hostias que te quedan por repartir. Y para más inri me revelas que tienes otro padre y que todo se debe a causa del amor, mientras tu madre como excusa o refugio me responde llorando por los rincones como una Magdalena. Lo cierto es que tal y como vienes dos hostias más poco efecto te causarían, así que he pensado que lo mejor es que te envíe una temporada con tus abuelos de Nazaret.

Por siempre

Con el paso de los años creí librarme del esclavo recuerdo de la bisoña pureza, de aquel amor verdadero que no quise reconocer por la suma de tu pronta aparición y mi cándida estupidez.
La primera vez que te vi, sentí deshacerme en un rubor tan cerca de las llamas que cuando tuve oportunidad corrí hacia un espejo para comprobar que mis jóvenes rasgos seguían en su sitio.
En aquel agosto del ochenta y siete, en la sierra de Cameros, acordaron señalarme como «toda una mujer» y me vi condicionada a arrinconar la bicicleta, al abandono de la lencería gruesa y al remozado urgente del mundo rosa que hasta entonces decoraba mi cuarto de la casa del pueblo.
Adultas miradas y lisonjas sin edad me ascendieron a un pedestal que me encantó ocupar, y desde aquella frágil cima desatendí la trepidación en el pecho que tu compañía me desataba, como cuando se desbocó ingobernable en la entrega a ojos ciegos del canto donde cincelaste nuestros nombres. Anomalía cardiaca que obligué a sentar en el mismo vagón de novedades veraniegas, donde también acomodé catas a hurtadillas con el vino dulce, verbenas, bailes, licencias horarias, tus continuos regalos y cortesías que convivieron con el arrugado entrecejo de mi padre, censor de piropos y modisto ocasional, que cuestionaba a mi madre la talla de mis faldas y tachaba de presunta la imposibilidad de despuntar los dobladillos.
Llegó septiembre y me separó de todo aquello, de ti, y durante el invierno mis tetas terminaron de crecer como paradójico pertrecho del corazón; dispuesto y a la vez temeroso de latir sincero, de traicionar los impulsos que representaban tu recuerdo. Pero me fastidiaba interrumpir los fuegos artificiales que tanto me prodigaban. Quería experimentar, comparar, y, segura de mis curvas, explorar mi juventud. Me sumergí en un mar de sugerencias donde la espuma de la frivolidad me mantuvo a flote por la simple condición de bella. Y te emplacé para un después que nunca llegó, para un mañana cuando todo terminara de sorprenderme, de encajar.
En ese durante de la madurez me entregué a candidatos incompletos. Acreedores de una ternura que creyeron generar espontánea, cuando yo la abanderaba con el único fin de avivar en ellos algo parecido, si acaso superior, a la que, sin remedio, comparaba con la tuya; deseosa de dejarla de sentir especial, de tacharla de casual atadura, de distorsión lógica por iniciática.  Y con el fin de ganar distancia, de contrariarme, de alejarme de la definitiva ancla que me supondrías, condicioné a mis padres y abogué por pasar los veranos bajo un mismo sol, pero en la costa.  
Al rumor de las olas encadené año tras año una década de ausencias. Me dejé llevar por sonrisas perfectas y caballerosas atenciones y que la brisa peinara mi desmelene. Bailé en tirantes sobre el barniz de las cubiertas y brindé con burbujas a la luz de lunas que despejaban noches calurosas, tan alejadas de la sierra de mi infancia que la recordé como el sueño necesario para avanzar en una realidad perseguida y cerca de lograr.
 Me dediqué a fluir entre la gente, a alejarme de las relaciones serias, a edificarme con estudios, viajes y a montar mi propia empresa. Y aunque durante todo ese tiempo mucho trovador lanzó piedras a mi ventana, el cristal al fin cedió por el reloj de mi vientre.
Me dediqué a parir junto a un hombre correcto y cuando mis pechos comenzaron a formar un triángulo equilátero con el ombligo, cuando la rutina de criar volvió los días idénticos, recapitulé mi vida y me sorprendí visitando furtiva las cajas del desván donde acumulaba un pasado de polvorienta nostalgia. Y entre tanta lejanía y fotos desenfocadas encontré la piedra grabada y aquel libro que me regalaste y que apenas hojeé.
Las siguientes noches, Fermina y Florentino Ariza presidieron mi mesilla. Con la lectura de su desencuentro me entregué al sueño envuelta en el olor de las almendras amargas. Tonto te dije por escribir la dedicatoria al final. Tonta me llamé por descubrirla ahora, tonta me repetí por dudar, por soñar la imposible aprobación del buen hombre que yacía a mi lado bajo una luz mortecina. Y tonta una vez más me titulé por acudir al espejo para admitir la profundidad de mis arrugas. No esperé al amanecer para iniciar un viaje sin maletas. Antes de marcharme besé a los niños, arropé su sueño y desde la puerta del dormitorio acaricié el aura a modo de adiós de mi culpable esposo, culpable de no corresponderle a pesar de elegirle.
Con el ansia absurda de quien busca recuperar el tiempo perdido, taché de malgastado cada minuto que consumí sin averiguar tu paradero. Tuve que regresar a la aldea de nuestros comienzos, a preguntar sin recato a los más viejos por los habitantes de aquella casa junto al lavadero, que rendía ya sus tejas tras la última nevada, y por la que te vi entrar la última vez que nos vimos. Ardua tarea filiar cuando la costumbre serrana titula de primo a todo pariente de temporada. Por fin, con la credencial de ser biznieta de los Arambuena, una anciana de rosario en puño me invitó a su cocina de chapa, me aferró a un café de puchero y me desveló a la pobre luz de aquella tarde de invierno tus apellidos, tu ciudad y tu fallecimiento.  
Hoy, ante tu lápida, me has vuelto a hacer sonreír, pero también lagrimar con la lectura de tu epitafio. He llorado de amarga alegría y parte de mi emoción se ha consumido en reprocharme lo estúpida que fui. La otra aún late pues nunca me había sentido tan amada tras descubrir la misma dedicatoria del libro grabada en tu última voluntad. Idénticas palabras de nuevo sobre mi nombre, aunque, esta vez, bajo el tuyo coronado por un único año: 1987.

Al fin, con tu fin, juntos.