domingo, 19 de febrero de 2017

El nini

          De acuerdo con que al principio viajábamos de aquí para allá, durmiendo en cualquier parte, viviendo de la caridad, pero eras demasiado chico para darte cuenta de las penurias. Nunca te faltaron atenciones, esa es la verdad, te dimos todo cuanto pudimos y cuando por fin logramos establecernos en este barrio, me dejé las manos en el taller para daros sustento a ti y a tu madre, en silencio, soportando las habladurías sobre nuestro origen.
Jamás te levanté la voz, ni siquiera con los revuelos que aún formas junto a esa cuadrilla con la que pasas la semana sin trabajar ni estudiar. Pero hoy, tras tres días sin saber de ti —dijiste que te ibas de cena—, te presentas medio desnudo, con mil magulladuras, pero con aires de grandeza, como si me importara cómo han quedado los otros y las hostias que te quedan por repartir. Y para más inri me revelas que tienes otro padre y que todo se debe a causa del amor, mientras tu madre como excusa o refugio me responde llorando por los rincones como una Magdalena. Lo cierto es que tal y como vienes dos hostias más poco efecto te causarían, así que he pensado que lo mejor es que te envíe una temporada con tus abuelos de Nazaret.